TAGS:

Él era un asaltante desalmado. Ella una carterista amante de la violencia. Ambos se convirtieron en una pareja que sobrevivió en la delincuencia extrema. Pero el poder infinito de Dios reconstruyó sus vidas y rescató una familia para ponerla al servicio del cristianismo.

Eran un avezadoy letal dúo de ladrones. Sus días transcurrían por las calles de la ciudad de Lima entre fechorías y asaltos. Javier Oblitas Pinche y María Gastelú Dipas pasaron años entre el más perverso estilo de vida y la delincuencia extrema. Su actual testimonio demuestra la transformación de un andar errado y perverso por una existencia honrada, abocada hoy al servicio de Dios.

La existencia de Javier, nacido el 4 de noviembre de 1968 en Tacna, muy cerca de la frontera con Chile, estuvo marcada desde la niñez por el delito. Apenas ingresó a la escuela primaria, y en medio de una infancia dura, se dedicó a robar a sus indefensos compañeros de clases. El precoz ladronzuelo se apoderaba de trompos, canicas y juguetes. Sus fechorías, conforme fue creciendo, se hicieron cada vez más llamativas. Sus oscuras habilidades, potenciadas por sus “dedos de seda”, le permitieron sustraer mochilas, relojes, dinero y hasta robar a sus maestros.

De aquellos días en Tacna hoy narra Oblitas: “nadie me enseñó a robar, a mí me nació robar porque siempre desde chiquito sacaba la plata a mis padres, en especial a mi papá cuando se encontraba borracho. Así me inicié en este mundo de la delincuencia. Mi abuela, quien era la encargada de mi educación, nunca supo corregir mi mala conducta. Así que con rapidez me convertí en un precoz delincuente”.

Mientras tanto, en Lima, María transitaba un camino igual de oscuro. Hija primogénita de un hogar roto, nacida el 6 de mayo de 1976, presenció desde siempre peleas y diferencias en su hogar. Desprovista del cariño y protección de sus padres, y residente del populoso distrito de La Victoria, formó su personalidad en medio de asaltos y violencia callejera. Para ella la honradez, las buenas costumbres y el amor a Dios jamás fueron algo para tomar en cuenta. Pasó, sin escalas, de su casa a las calles y de allí a la delincuencia a la velocidad de un Boeing.

“Robaba por necesidad”, explica María, “porque mi padre nunca se preocupó por el sostenimiento de la casa. El siempre andaba tomando y peleando con mi madre. Y nunca nos daba lo que necesitábamos para subsistir.  Así que como hija mayor tuve que salir a las calles a buscar dinero para el sostenimiento de mis menores hermanos. Me refugié en la rebeldía y las fechorías por falta de apoyo familiar. De esa forma traté de suplir las necesidades emocionales y afectivas que como toda niña tenía por aquellos días. La calle fue mi mundo y mi escuela. Allí me hice mujer mientras robaba y recorría un sendero dañino”.

 Almas gemelas

Esta pareja, que transitó por caminos paralelos, y con una niñez igual de desprolija, se conoció un día. Fue cuando Javier, luego de amasar en Tacna un prontuario delictivo grueso y pasar por el ejército peruano para “reencaminar” su vida, llegó a Lima a inicios de los años 90. Se instaló en los arenales del distrito de Villa María del Triunfo, al sur de Lima. Acudió a una fiesta y conoció a una joven María, una experta peleadora callejera y hábil ladrona. Se juntaron dos mundos semejantes, unidos bajo un mismo objetivo y modo de vivir: la delincuencia.

Javier, quien lleva en el cuerpo un sinfín de recuerdos eternos de su pasado, relata aquel momento: “tengo marcas en mi cuerpo, de bala, de cortes con cuchillo. Todo eso fue porque estuve metido en la delincuencia desde chico. Mi padre me dejó para irse con otra mujer y nunca me dio un buen ejemplo, por eso crecí robando. Y luego conocí a María, mi esposa, que también se dedicaba a la delincuencia, entonces mis fechorías se incrementaron. Y es que encontré en ella mi socia ideal. No sólo fue amor lo que nos unió. Desafortunadamente, la mala vida en la que estábamos envueltos fue determinante para que nos juntáramos”.

En el transcurso de su relato, Oblitas, acompañado de María, también repasa los primeros años de convivencia. Junto al taxi que hoy maneja y gracias al cual “saca adelante a su familia”, habla sin complejos y refiere: “ambos tuvimos que afrontar los gastos del hogar que formamos y para ello no hicimos otra cosa que robar y delinquir. Desde el inicio trabajamos en pareja y nos valimos de diversas artimañas para aprovecharnos de personas incautas que caían en nuestras manos. Ella distraía a la gente con cualquier situación. Yo aprovechaba las circunstancias y robaba todo lo que encontraba a mi paso. Así nos convertimos en una pareja muy temida”.

Conforme sus métodos para hurtar y robar se perfeccionaban, María y Javier fueron incubando en su casa una maraña de problemas que los condenó a vivir como “perro y gato” y sin la protección del Todopoderoso. Ella dice: “después de robar juntos, al llegar a casa, nos peleábamos por cualquier tontería. Nuestras disputas eran terribles. Los golpes e insultos de todo calibre retumbaban por toda la casa. Era tal nuestra inconsciencia, a pesar de haber venido de hogares problemáticos, que no sentíamos vergüenza de agarrarnos a puño limpio delante de nuestros propios hijos”.

 El poder salvador

Javier, que ahora profesa la fe cristiana junto a su esposa, evoca que ellos no sólo eran delincuentes, también vivían en medio de lo pagano y entregados por completos a la adoración de imágenes. “Antes de robar nos encomendábamos al Corazón de Jesús para que nos protegiera y no nos detuviera la policía. Pero lo más grave de nuestro desconocimiento de la verdad de Dios fue que, en determinado momento, creíamos con firmeza que el Señor era el culpable de todas nuestras disputas y le rogábamos a todas las imágenes que encontrábamos para que nos ayuden a mejorar nuestras vidas”.

En este periodo oscuro de sus vidas, a un paso de la separación por diferencias insalvables y luego que ella intentara asesinarlo, Jesús tocó la puerta de sus corazones y arribó a su presente. Todo aconteció a mediados de 2005, gracias a que un buen vecino les llevó la Palabra del Creador e iluminó sus existencias con las Sagradas Escrituras. De inmediato empezó una transformación milagrosa que restauraría a esta pareja y los libraría del pecado. Atrás quedarían los días de robos y violencia. Una vida nueva llegó de la mano de Cristo y Javier y María no dudaron en seguir al Todopoderoso.

Hoy ambos convertidos en criaturas nuevas bajo el evangelio recuerdan su llegada al cristianismo y no dejan de sonreír ante una historia que se transformó en redención y perdón. Al lado de la menor de sus cinco hijos, y mientras no paran de hablar del poder restaurador de Dios, agregan en el final de su testimonio que: “le agradecemos infinitamente a Jesús el cambio que obró en nuestras vidas. Como está escrito en la Biblia, el cambio hecho en nuestras vidas, que no pudo ser resuelto por estrategias humanas, fue resuelto por el poder de Dios quien nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho sino por su misericordia”.

Anuncios