La Biblia es, sin ningún género de duda, uno de los más ricos tesoros de la literatura universal de todos los tiempos

La Biblia es, sin ningún género de duda, uno de los más ricos tesoros de la literatura universal de todos los tiempos. Nadie en lo mínimo informado podría negar la evidencia del gran tesoro cultural encerrado en esta colección de antiguos escritos judeo-cristianos, que alternan la narrativa histórica con los códigos legales, las normas de conducta con la delicada belleza de la lírica hebrea, los discursos didácticos o morales con la interpretación de sueños y visiones.

Sin embargo, el valor principal de la Biblia no consiste en razones estéticas ni en motivo alguno de índole cultural, sino en su contenido esencialmente espiritual, que hace de ella el libro sagrado por excelencia, tanto para el pueblo de Israel en particular como para el mundo cristiano en general. Porque todo en la Biblia está ordenado a revelar que Dios, autor de la vida y de cuanto existe, no es un ser inaccesible, oculto en la hondura de su divinidad y ajeno a los problemáticos planteamientos de la historia del ser humano, sino un Padre amoroso y perdonador, que se acerca a las personas para liberarlas de sus propias faltas y errores.

El valor espiritual de la Biblia, que se descubre claramente en su título de “Sagradas Escrituras” o “Santas Escrituras” (ver Romanos 1:2) es además refrendando por la forma en que a ellas se refieren Jesús y los autores del Nuevo Testamento: Dios nos habla en los escritos proféticos, como también en los demás libros del catálogo bíblico (ver: Mateo 1:22; 2:15; Romanos 1:2; 1 Corintios 9:9); los profetas al predicar o anunciar algún acontecimiento futuro, son transmisores de la palabra y la voluntad de Dios (ver: Mateo 2:17; 3:3; 4:14), y la auditoria de las Escrituras es incuestionable (ver: Mateo 5:17-18; Juan 10:35; Hechos 23:5), pues son resultado directo de la actividad del Espíritu Santo (Hechos 1:16; 28:25).

La fe cristiana, de modo unánime, expresa su convicción respecto al valor y la vigencia permanentes de la Biblia con declaraciones afirmativas como hallamos en 2 Pedro 1:19-21: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día amanezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones. Pero ante todo entended que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:19-21; 2 Timoteo 3:15-17). Esta autoridad última de la Biblia – Palabra de Dios y obra inspirada por el Espíritu Santo- en cuanto que es alimento de la fe, fuente de luz, y aliento, y estímulo para la vida personal y comunitaria, es patrimonio común de todo creyente cristiano.

Pasada la época en que se redactaron los escritos del NT, la iglesia cristiana reconoció en ellos valores de revelación divina y autoridad doctrinal y ética idénticos a los del AT (ver: Marcos 16:15-16; Lucas 1:1-4; Juan 20:31; 1 Tesalonicenses 2:13). El mismo NT ofrece un avance explícito de tal reconocimiento al equiparar las epístolas de Pablo a “las otras Escrituras” (2 Pedro 3:15-16). Pero, sobre todo, fue a lo largo del siglo II d.C. cuando, paso a paso, el pueblo cristiano recibió como libros sagrados, junto a los del Antiguo Testamento, la totalidad de los que constituyen el Nuevo, quedando de esta manera completada la Biblia en su forma definitiva.

Afirmar el origen religioso y la autoridad final de los textos bíblicos no supone negar o restarle importancia a la actividad humana, a la cual se debe el prolongado proceso de su redacción y compilación. Los libros fueron escritos por manos de personajes históricos, de los que desconocemos algunos, y de otros tenemos apenas alguna noticia (ver: Efesios 1:13; Amós 1:1; 7.14; Lucas 1:1-4; 1 Corintios 15:21; Gálatas 6:11). Precisamente, esa presencia del escritor humano es el factor que incorpora a las Escrituras la extraordinaria riqueza idiomática, estilística, cultural y teológica que las caracteriza.

La Biblia:

Biblia es una palabra griega que significa propiamente “libritos”. De ahí que se le haya dado el título de Biblia, a la colección de pequeños libros que, aun cuando diversos en origen, extensión y contenido, se hallan esencialmente unidos por el significado religioso que tienen para el pueblo de Israel y para todo el mundo cristiano: unidad y diversidad que no se oponen entre sí, sino que completan para darle a la Biblia su especialísimo carácter.

Diversidad de designaciones:

Desde tiempos remotos, este libro sin igual ha sido conocido con diferentes designaciones. Así, los judíos, para quienes la Biblia solo consta de la parte que los cristianos conocen como el Antiguo Testamento, se refieren a ella como Ley, Profetas y Escritos (ver: Lucas 24:44), términos representativos de cada uno de los bloques en que, para el judaísmo, se divide el texto bíblico trasmitido en la lengua hebrea:

(a) Ley (heb. Torah), que comprende los cinco primeros libros de la Biblia: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.

(b) Profetas (heb. Nebiim), agrupados en:

-Profetas Anteriores: Josué, Jueces, 1 y 2 de Samuel, 1 y 2 Reyes.

-Profetas Posteriores: Isaías, Jeremías, Ezequiel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías y Malaquías.

(c) Escritos (heb. Ketubim): Job, Salmos, Proverbios, Rut, Cantar de los Cantares, Eclesiastés, Lamentaciones, Ester, Daniel, Esdras, Nehemías, 1 y 2 Crónicas.

El referido título, Ley, Profetas y Escritos, aparece reducido en ocasiones a la Ley y los Profetas (ver: Mateo 5:17) o, de modo aún más sencillo, a la Ley (ver: Juan 10:34).

En el cristianismo, con la incorporación de los libros del Nuevo Testamento y justamente a partir de la manera en que allí se citan los del Antiguo, es común referirse a la Biblia como Las Sagradas Escrituras o, de forma alternativa, como la Sagrada Escritura, Las Escrituras, o La Escritura (ver: Mateo 21:42; Juan 5:39; Romanos 1:2). Frecuentemente, con esta última y más breve designación se hace referencia a algún pasaje bíblico concreto (ver: Marcos 12:10; Juan 19:24).

Las locuciones Antiguo Testamento y Nuevo Testamento, en su sentido de títulos respectivos de la primera y segunda parte de la Biblia, comenzaron a utilizarse entre los cristianos, entre los cristianos de fines del siglo II d.C. sobre la base de texto como 2 Corintios 3:14. La palabra “testamento” representa aquí la alianza o pacto que Dios establece con su pueblo: en primer lugar, el pacto con Israel (ver: Éxodo 24:8; Salmos 106:45); luego, el nuevo pacto anunciado por los profetas y sellado con la sangre de Jesucristo (ver: Jeremías 31:31-34; Mateo 26:28; Hebreos 10:29)

CLASIFICACIÓN DE LOS LIBROS DE LA BIBLIA.

Los libros de la Biblia no se han clasificado siempre en el mismo orden. Aun en la actualidad aparecen dispuestos de distintas maneras, siguiendo para ello los criterios sustentadora a este respecto por diferentes tradiciones.

La versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, en todas sus ediciones, se ha sujetado a la norma de ordenar los libros de acuerdo con su carácter y contenido, en la forma siguiente:

Antiguo Testamento:

(a) Literatura histórico-narrativa: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, 1 y 2 Samuel, 1 y 2 Reyes, 1 y 2 Crónicas, Esdras Nehemías y Ester.

(b) Literatura poética y sapiencial (o de sabiduría): Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés y Canta de los Cantares.

(c) Literatura Profética:

Profetas Mayores: Isaías, Jeremías, Lamentaciones, Ezequiel y Daniel.

Profetas Menores: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías y Malaquías.

Nuevo Testamento:

(a) Literatura histórico-narrativa:

Evangelios: Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Hechos.

(b) Literatura Epistolar:

Epístolas Paulinas: Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1 y 2 Tesalonicenses, 1 y 2 Timoteo, Tito, Filemón y Hebreos.

Epístolas Universales: Santiago, 1 y 2 Pedro; 1, 2 y 3 Juan; y Judas.

(c) Literatura Apocalíptica: Apocalipsis (o Revelación) de San Juan.

La formación de la Biblia:

Para comprender los distintos aspectos del proceso de formación de este conjunto de libros que llamamos Biblia, es necesario atender al hecho básico de su división es dos grandes partes indisolublemente vinculadas entre sí por razones culturales y espirituales: al Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento.

El Antiguo Testamento (AT) recoge y transmite la experiencia religiosa del pueblo israelita desde sus orígenes hasta la venida de Jesucristo. Los libros que los componen son el testimonio permanente de la fe de Israel en el Dios único y verdadero, Creador del universo. Es el Dios que quiso revelarse de manera especial en la historia de su pueblo, guiándolo con su Ley, beneficiándolo con el pacto de su gracia y haciéndolo objeto de sus promesas. Paso a paso, Dios los convirtió en una nación unida por la fe, la sostuvo y le mostró sin cesar la senda de justicia y santidad que debía seguir para no perder sus señas de identidad como pueblo elegido. Así, el AT, documenta la historia de Israel desde la perspectiva del sentimiento religioso, mantiene viva la expresión cúltica de su fe a través del culto y recoge las instrucciones de sus profetas y las inspiradas reflexiones de sus sabios y poetas.

El Nuevo Testamento (NT) es la referencia definitiva de la fe cristiana. En él se hallan consignados los acontecimientos que dieron origen a la Iglesia de Jesucristo, el Hijo eterno de Dios. Los evangelios narran el nacimiento de Jesús en tiempos del rey Herodes; sus hechos y sus enseñanzas; su muerte en una cruz por orden de Poncio Pilato, gobernador de Judea; y su resurrección, después de la cual se manifestó vivo a aquellos que antes había escogido para que anunciaran el mensaje universal de la salvación.

Contiene el NT el relato de los primitivos movimientos de expansión de la fe cristiana, como vivieron y actuaron los primeros discípulos y apóstoles, como nacieron y se desarrollaron las primeras comunidades y cómo el Espíritu Santo impulsó a los creyentes de entonces a dar testimonio de su esperanza en Jesucristo ante gentes de toda raza, nación y cultura.

El proceso de redactar, seleccionar y recopilar los textos de la Biblia se prolongó por espacio de muchos siglos. Con el transcurso del tiempo han desaparecido los datos relativos al origen de gran parte de los libros, es decir, al momento en que ellos quedaron fijados por escrito los relatos y enseñanzas que hasta entonces, y quizás durante muchas generaciones, habían sido transmitidos oralmente.

Por otra parte, en este largo y complejo proceso de formación, los autores resultan a veces de muy difícil o incluso imposible identificación. Así ocurre especialmente en los casos en que fueron varios redactores los que escribieron textos que posteriormente quedaron compilados en un único libro, o también cuando en la composición de la literatura bíblica se utilizan o se incluyen documentos de la época (Ej. Números 21:14; Josué 10:13; Judas 14-15).

Valor espiritual de la Biblia:

La Biblia es, sin duda, uno de los más preciados legados literarios de la humanidad. Sin embargo, su verdadero valor no radica de manera sustancial en el hecho literario. La riqueza de la Biblia consiste en el carácter esencialmente espiritual de su mensaje, que la convierte en el libro sagrado por excelencia, tanto para el pueblo de Israel, como para la iglesia cristiana.

En esta colección de libros, la Ley se presenta como una ordenación divina (Éxodo 20; Salmos 119), los Profetas tienen la conciencia de ser portadores de mensajes de parte de Dios (Isaías 6; Jeremías 1:2; Ezequiel 2-3) y los Escritos enseñan que la verdadera sabiduría encuentra en Dios su origen (Proverbios 8:22-31).

Estos valores espirituales se ponen de manifiesto, no solo en el título de Sagradas Escrituras, sino también en la forma en que Jesús y en general los autores del NT se refieren al Antiguo, es decir, a los textos bíblicos escritos en épocas precedentes. Esto ocurre, por ejemplo cuando, leemos que Dios habla por medio de los profetas o por medio de alguno de los otros libros (Mateo 1:22; 2:15; Romanos 1:2; 1 Corintios 9:9), o cuando los profetas aparecen como aquellas personas mediante las cuales “se dice” algo o “se anuncia” algún acontecimiento, forma hebrea de expresar que es Dios mismo quien lo dice o lo anuncia (Mateo 2:17; 3:3; 4:14); también cuando se afirma la permanente autoridad de las Escrituras (Mateo 5:17-18; Juan 10:35; Hechos 23:5), o cuando se las relaciona especialmente con la acción del Espíritu Santo (Hechos 1:16; 28:25). Formas magistrales de expresar la convicción común a todos los cristianos respecto del valor de las Escrituras se encuentran en pasajes como 2 Timoteo 3:15-17 y 2 Pedro 1:19-21.

La iglesia cristiana, desde sus orígenes, ha descubierto en el mensaje del evangelio el mismo valor de palabra de Dios y la misma autoridad del AT (Marcos 16:15-16; Lucas 1:1-4; Juan 20:31; 1 Tesalonicense 2:13). Por eso, en 2 Pedro 3:16 se equiparan las cartas de “nuestro amado hermano Pablo” (v.15) a las “otras Escrituras”. Paulatinamente, a partir del siglo II d.C., se les fue reconociendo a los 27 libros que forman el NT su categoría de libros sagrados y, en consecuencia, la plenitud de su autoridad definitiva y su valor espiritual.

Tal reconocimiento, que implica al propio tiempo el de la presencia, dirección e inspiración del Espíritu Santo en la formación de las Escrituras, no descarta en absoluto la actividad física y creativa de las personas que redactaron los textos. Ellas mismas se refieren a esa actividad en diversas ocasiones (Eclesiastés 1:13; Lucas 1:1-4; 1 Corintios 15:1-3; 11; Gálatas 6:11). La presencia de numerosos autores materiales es precisamente la causa de la extraordinaria riqueza de lenguas, estilos, géneros literarios, conceptos culturales, y reflexiones teológicas que caracterizan la Biblia.