Rev. Gustavo Martínez Garavito

“No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre”, Juan 5:30.

UNA RENDICIÓN TOTAL DE MI VOLUNTAD A LA VOLUNTAD DE DIOS

Hay una voluntad general que es la que Dios quiere para toda la raza humana. Dios no quiere que ninguno se pierda y que todos sean salvos. Este es el plan más grande que el Señor haya trazado: que el hombre sea redimido, por ende disfrute de su gracia y comunión. Él nos creó para alabanza de su gloria, y que le sirvamos con todo el corazón.

También hay una voluntad individual, y es la que el Señor quiere que hagamos. Tenemos el caso de Jeremías, que había sido traído a este mundo para que fuera un profeta, en una época de mucho descarrío y de frialdad espiritual. En un momento de su llamado quiso rehusar y decir no puedo, “porque soy niño” (Jeremía1:6), y Dios le contestó: “No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás lo que te mande” (Jeremías 1:7).

“Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que naciese te santifiqué, te di por profeta a las naciones”(Jeremías 1:7). El Señor le dio capacidades para que cumpla la labor, eso es la voluntad individual, eso es lo que Dios quiere. David dijo: “Jehová cumplirá su propósito en mí” (Salmo 138:8). Sabemos que el muro más grande que el Señor encuentra es nuestra voluntad, porque esta se niega a someterse, le gusta hacer lo que bien le parece.

Las generaciones de hoy son: rebeldes, materialistas, entre otras cosas más e ignoran y desechan la voluntad de Dios. A pesar que vivimos en una época difícil, llena de carnalidad y de poca espiritualidad; encontramos que la Iglesia puede cumplir el propósito de Dios. La Escritura nos dice: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento” (Marcos 12:30).

El aceptar la voluntad de Dios es ponernos de acuerdo con Él, es tener comunión con Dios. Recordemos que Jeremías le habló al pueblo y les dijo: “Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él… Mas dijeron: No andaremos” (Jeremías 6:16). Entonces Dios tuvo que entregarlos a Babilonia, así acabó con la arrogancia de ellos y pudieron entender que Dios era bondadoso, fiel y misericordioso.

El Señor dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23). Cuando dice “si alguno quiere venir” está hablando que si alguno de su propia voluntad puede aceptar venir a Dios. Esa persona no es presionada, Dios le ha dado libre albedrío, así puede aceptar o rechazar, puede amar o aborrecer, puede decir sí o no.

La gente ama lo fácil, ama aquello donde no le exijan, puede ir al culto, dar una ofrenda; todas esas cosas las hace, con tal que no le cambien el rumbo de su vida, y llevar a cabo sus planes; la mayoría dice que ama a Dios, pero el Señor dice: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21).

Si no muere nuestra voluntad no haremos Su voluntad. La Biblia dice: “La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12). Es la Palabra la que va a quebrantar el estuche que cubre el espíritu

El frasco de alabastro que quebró María llenó de olor toda la casa. Podemos creer que el frasco fue importante, pero lo importante es lo que está dentro, así la fragancia se hará sentir. María hizo un acto donde primero se rindió, entregó su corazón; y luego dio su ofrenda. Eso fue lo que Dios vio en Caín, él trajo una ofrenda conforme a su deseo; pero Abel trajo una ofrenda conforme a la voluntad de Dios, se rindió y entonces procedió luego a entregarlo.

María derramó nardo puro, que habla de vida, que es exquisito. El nardo puro, no traía mezclas, ese perfume representa lo divino. Dios quiere: pureza, integridad, entrega, que no hayan mezclas, que no haya hipocresía, que estemos aquí cuerpo, alma y espíritu. “Que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis… sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios…”(Romanos 12:1-2).

Algunos vieron la acción de María y dijeron: ¡Qué entrega, qué generosidad! ¡No tuvo en cuenta el precio ni escatimó que era muy valioso, lo dio todo!  Pero otros murmuraron: ¡Esto es un gran desperdicio, debió haberse donado a los pobres! Cuando alguien entrega su vida al Señor, la familia es la primera en señalarle y a decir: ¡Cómo se atreve a desperdiciar su tiempo! ¡Dios no necesita de su vida, Dios no necesita de tanta consagración!

Judas era un discípulo de Jesús, no era un hombre íntegro, era egoísta, si se recolectaba dinero y estando en su poder robaba, lo administraba mal. Un hombre espiritual no puede decir que cuando uno se consagra, que cuando uno realiza algo importante para la humanidad está desperdiciando el tiempo. Es el carnal que empieza a estorbar y a murmurar.

Gedeón tenía un ejército que era demasiado y no apto de rendirle la gloria a Dios. Esa vez se devolvieron veintidós mil, y quedaron diez mil hombres. Pero aún era demasiado, así que quedaron trescientos hombres, quienes estuvieron dispuestos a entregarlo todo, a hacer lo que fuera por su pueblo. No le dio armas para la batalla, sino que le dio una estrategia diferente a la militar. Gedeón utilizó trescientos cántaros de barro, y dentro de las vasijas metió teas que estaban encendidas (así pasaron inadvertidos), y también llevaron trompetas.

Cuando sonaron las trescientas trompetas, entonces quebraron los trescientos cántaros y tomaron las trescientas teas encendidas, esto causó un impacto grande en el enemigo que tembló, se estremeció y se confundió. Los madianitas enloquecieron y comenzaron a atacarse unos a otros. Mientras los cántaros estaban intactos no había luz. Para que se vea la luz que está en su corazón, tiene que ser quebrantado el cántaro y así la luz de Cristo se verá.

“No puede el Hijo hacer nada por sí mismo…”, Juan 5:19. Pedro trató de persuadir al Señor de que no vaya a Jerusalén, porque en ese lugar le esperaba un gran martirio. Cristo había venido a este mundo con una misión específica, única, y era redimir al hombre. Fue a la cruz, que era lo más crucial, lo más difícil; pero antes de eso no hubo ni un solo momento en la vida de Cristo aquí en la tierra que hubiese olvidado que había venido para hacer la voluntad del Padre. Por eso tenemos que esperar que la dirección venga de Él, no puede venir de nosotros, ni para agradarnos, ni para agradar a los hombres, sino para hacer la voluntad del Padre.

Cuando la familia y los más allegados le piden que deje el camino, ahí es cuando nosotros tenemos que saber que no estamos aquí para agradarnos, o queriendo agradar a los demás buscando nuestro bienestar. Si sólo queremos agradar a los demás, somos dignos de conmiseración, dignos de nada, somos manejados por los sentimientos nuestros o de los otros. Estamos aquí para obedecer al que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable, que nos sacó de este mundo, y nos dio su gracia y misericordia, extendiéndonos su mano y nos levantó.

Jesús primero tuvo que despojarse de su trono. El NT dice: “El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”(Filipenses 2:6-8). Él se despojó de los privilegios y la gloria, para poder venir a este mundo.

Y por haberse humillado voluntariamente entregándose hasta la muerte de cruz, Dios el Padre “le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor…” (Filipenses 2:9-11).

Cuando estuvo aquí en la tierra, tuvo que despojarse del manto que lo identificaba como maestro, y tomó otro manto como se ceñían los esclavos, los siervos. Mientras no nos despojemos de nuestra investidura, de nuestro apellido, de nuestros privilegios, y de nuestras comodidades materiales no podremos servir al Señor, no podremos brindarle un verdadero servicio, hay que despojarse primero para poder hacer Su voluntad.

En una ocasión los discípulos fueron a comprar algo de comer. “Entonces salieron de la ciudad, y vinieron… los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come. Él les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús le dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:30-34). Es decir, que la mejor satisfacción para el siervo, para el que ha sido enviado, es hacer la voluntad del que le envió y terminar pronto su obra.

Él sabía lo que habría de sufrir. Por eso se estremeció, su sudor se convirtió en gotas de sangre, y “como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” (Isaías 53:7). Jesús le dijo al Padre: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39). Le está diciendo: Si hay otra manera para redimir al hombre, pero que no sea como yo quiero.

“Sacrificio y ofrenda no te agrada; has abierto mis oídos; holocausto y expiación no has demandado. Entonces dije: He aquí vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón”(Salmo 40:6-8). “Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí” (Isaías 6:8). Cristo se rindió. Se levantó de la oración y le dijo a sus discípulos: “Levantaos, vamos; he aquí, se acerca el que me entrega” (Marcos 14:42), ya es la hora, ya no se puede retroceder, si retrocede no agradará al Padre.

Cristo sabía que le esperaba la cruz y marchó con firmeza, con voluntad, ¿sabe por qué lo pudo hacer? Porque Él se había quebrantado en el Getsemaní, su propia voluntad la había enfrentado y la quebrantó, la doblegó. Había rendido totalmente su voluntad a la voluntad del Padre, y cuando eso sucede se libera el gozo, la paz. Él dice: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado”(Isaías 26:3).

A la carne no le gusta el sufrimiento, ni la burla, ni el rechazo. Cristo sabía que tenía que enfrentarse a la hora más crucial y más decisiva de toda su historia. Ahí Satanás con toda su fuerza, con todos sus demonios iban a tratar a toda costa de impedir que Cristo se sometiera voluntariamente. La Biblia nos dice: “Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy. Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba… Volvió, pues, a preguntarles: ¿A quién buscáis? Y ellos dijeron: A Jesús nazareno. Respondió Jesús: Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos”(Juan 18:4-8).

Se entregó voluntariamente, la Biblia nos dice: “Por eso me ama el Padre, porque yopongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar…” (Juan 10:17-18). Fue un acto que brotó de Jesús, porque la entrega tiene que salir de nosotros, tiene que ser voluntaria, no tiene que ser con presiones, ni porque otros nos persuaden, sino que debe salir de nuestro corazón.

Jesús no reaccionó violentamente ante la turba, Él se entregó voluntariamente. “Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha… Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina; la copa que el padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Juan 18:10-11). Jesús le dijo en ese momento a Pedro: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que Él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?” (Mateo 26:53-54).

“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar”(Hebreos 12:2-3).

Jesús vino a cumplir la voluntad del Padre para arrebatarle el acta a Satanás con la cual tenía sentenciada a muerte al hombre. “Os dio vida juntamente con Él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:13-15).

Amados, digamos al Señor: Me rindo totalmente, sin reserva alguna, no me importa el precio, no importa lo que el carnal y el mundano diga de mí, no importa que diga que estoy desperdiciando mi vida, no me importa nada de eso. Estoy aquí para hacer la voluntad de Dios, estoy aquí no para complacerme, estoy aquí para complacer al Padre. Señor, por encima de mi propia vida está el hacer tu voluntad, no importa si tengo que ir al sacrificio, no importa si tengo que ser un mártir, no importa si tengo que sufrir, ¡Heme aquí, quiero hacer tu voluntad!