La invasión religiosa del Oriente viene a ser el último rasgo distintivo de la época antigua, pues desde Egipto, Persia, Babilonia y Asia Menor se adelantaron los emisarios de las comunidades religiosas orientales, logrando la formación de asociaciones secretas en cuyo seno se practicaban los llamados “misterios”.

De Egipto procedió el culto de Isis y de Osiris (o Serapis); de Persia el de Mitras, muy popular en el ejército; de Asia Menor el de Cibeles y de Atis. Ya hemos notado que la veneración del emperador tuvo su origen en el Oriente, entrando en la esfera del helenismo por medio de Alejandro.

De esta migración de ídolos y “dioses” del Oriente, y la mezcolanza consiguiente, surgió una confusión religiosa y cúltica única en la historia y que merece el nombre de “babilónica”, de Babel, centro de confusión.

Se hallaban dioses del estado al lado de otros de Grecia; los dioses del Oriente traían sus matizadas religiones y misterios que se confundían en grado creciente con los sistemas anteriores hasta formarse por fin un río religioso único, potente y de colores cambiantes.

Religiosamente, el Oriente había vencido al Occidente, pues Roma llegó a venerar toda suerte de divinidades, muchas de ellas grotescas y horribles. La mezcolanza carecía de sentido y dio lugar a mórbidas y vagas fantasías. Todo el mundo mediterráneo se parecía a un caldero gigantesco en el que se vertían multitud de extraños y dañinos ingredientes, originándose un caos religioso oriental-occidental sin precedentes en la historia. Las antiguas religiones habían llegado a la bancarrota, pero su mismo fracaso reveló las providencias del Dios Redentor, quien preparaba los corazones para la recepción de su Salvación.

EQUIVALENCIA DE DIVINIDADES

Como consecuencia de los intercambios mundiales y la mezcla de distintos pueblos desde la época de Alejandro Magno, las naciones llegaron a conocerse mejor y a tomar nota de las creencias y de los actos cúlticos de sus vecinos. Inevitablemente surgió la pregunta: “¿Quién es el verdadero dios? ¿Cuáles adoradores tienen razón?”

Mientras que los Persas afirmaban que Ahura-muzda era el dios principal, los griegos decían igual de Zeus, los romanos de Júpiter, los babilónicos de Marduk y los egipcios de Amón de Tebes. Empezaba a insinuarse otra pregunta: “¿Podría ser que todos los adoradores tuviesen razón? ¿Será posible que los distintos nombres representasen una sola deidad suprema?” En este caso, Ahura-muzda = Zeus = Júpiter = Marduk =Amón, y sucesivamente con las divinidades de otras naciones.

De tales cavilaciones surgió el concepto de la equivalencia de las divinidades nacionales, llegando el proceso a ser muy complicado y complejo, ya que eran tantos los dioses. Al mismo tiempo, la equivalencia y la fusión de las divinidades dieron lugar gradualmente a un aumento de conformidad en las ceremonias cúlticas.

De todo ello brotó la primera tendencia a buscar una armonía religiosa que reemplazara el sistema anterior en el que el dios personificaba la nación. Si un solo dios se hallaba a la cabeza de todos los demás dioses, se vislumbraba la posibilidad de un plan religioso universal. Los hombres pensaban progresivamente en una deidad suprema, común a todos los pueblos, de quien las muchas divinidades no pasaban de ser formas reveladoras o manifestaciones parciales. Así por la época de los primeros emperadores, tomaba forma, por todo el ámbito del mundo gentil, la creencia en un solo Dios. Es cierto que el concepto seguía siendo muy confuso y nebuloso aún, sin salir de las teorías del panteísmo, pero, con todo, era importante que se plasmara la idea, pues esto, a pesar de la confusión reinante, constituía un presentimiento del verdadero “Dios no conocido”, Creador de los cielos y de la tierra, cuyos embajadores se preparaban para anunciar el mensaje de salvación al mundo (Hech. 17:23).

RELIGIONES ESOTÉRICAS ORIENTALES

Un factor aún más importante que la equivalencia de las divinidades fue el del celo misionero de las religiones orientales. Es notable que las nuevas religiones procedieran del Oriente, donde también tuvo su origen el Cristianismo. La gente del mundo grecorromano estaba acostumbrada, pues, a ver a enseñadores religiosos oriundos del Este, estando dispuestos a prestarles oído, de modo que no extrañaría a nadie que el nuevo Evangelio procediera de la misma región.

Además, la mayor parte de las religiones del Oriente tenían en común el concepto de un dios de la naturaleza que moría y volvía a vivir. Habían llegado a tal creencia por deificar los procesos de la naturaleza, notando como las plantas se marchitan y mueren, reanimándose en otra generación al llegar la primavera.

También se fijaban en la aparente puesta y levantamiento del sol, de la luna y las estrellas. Por ejemplo, en Asia Menor se celebraba una fiesta primaveral (Marzo 22-23) en la que la nueva vida de la naturaleza se trasladó al dios de la naturaleza Atis. La fiesta llegó a su colmo al tercer día cuando el sumo sacerdote anunció al pueblo: “¡Atis ha vuelto! ¡Regocijad en su parousia!”

Al perderse el frescor de la primavera dando lugar al verano cuando se agostan las plantas, los sirios lamentaban la muerte de su dios Tamuz-Adonis (Eze. 8:14 y 15). Desde los días 13-16 de noviembre, cuando se menguaban las aguas del Nilo y se sembraban los granos de trigo – como si hubiesen de morir – los egipcios lamentaban la muerte de Osiris, dios del Nilo.

El día 25 de diciembre, fecha aproximada del solsticio de invierno, los persas celebraban el “día de nacimiento” de Mitras, su dios-sol, y hubo fiestas parecidas en Siria con referencia a su Dios Baal. Fiestas semejantes se hacían en honor de divinidades como Dionisio, Orfeo y Jacinto de Grecia, como también frente a Melcart de Tiro y a Sadán de Tarso.

Desde luego, los actos cúlticos que se centraban en la muerte y la resurrección de ciertas divinidades nacionales, tenían un fundamento totalmente distinto del Evangelio de Cristo, basándose en la deificación de la naturaleza y en la manifestación y la desaparición de la vida vegetal, además de las alteraciones de cuerpos celestes.

En el Evangelio todo se basa en una verdadera revelación de Dios en Cristo y sobre los hechos históricos de la Muerte real y la Resurrección histórica del Redentor (1 Cor. 15:13-19). Con todo, estas religiones de la naturaleza ayudaron a preparar el oído de los gentiles para escuchar y comprender el mensaje que se centró en la Muerte de cruz del Salvador, seguida por su gloriosa Resurreción.

Sobre todo, subrayaban la necesidad de la redención, y por eso hallaron eco en el ambiente de pesimismo y de nostalgia que caracterizaba el período de los primeros emperadores, como cosa propia de toda civilización exhausta y decaída. En los misterios de Mitras esta huida del mundo llegó a manifestarse hasta en el suicidio como manifestación del arrepentimiento.

Ese hondo deseo de una redención se despertó en muchas almas de la época precisamente por los efectos de las conquistas mundiales, los intercambios universales, juntamente con la desmoralización consiguiente, que revolucionaron la actitud de muchos frente a la vida- en su sentido práctico- en la antigüedad. En tal hecho, ocurrido entonces, percibimos con toda claridad que Dios preparaba al mundo gentil para la recepción del Evangelio, o, en otras palabras, la plenitud del tiempo había llegado.