Rev. José Soto Benavides
 
 “Aquella misma noche se le fue el sueño al rey, y dijo que le trajesen el libro de las memorias y crónicas, y que las leyeran en su presencia”, Ester 6:1.
 Todos hemos experimentado en alguna ocasión la pérdida del sueño, cuando esto sucede, nos embargan sentimientos diversos. Este pasaje bíblico trata de la pérdida del sueño del rey persa, Asuero, quien gobernó su imperio en el cenit del mismo. Dentro de su imperio tuvo al pueblo de Dios diseminado en unas ciento veinticinco provincias. En cada rincón del gobierno persa había un pueblo que esperaba en Dios y en sus promesas, vivían en un ambiente desfavorable, bajo un gobierno extraño y opresor. Además de todo esto, estaban lejos de su tierra y el ambiente que imperaba no era propicio para la búsqueda de Dios: el reino persa era materialista, inmoral e idolátrico. A pesar de este ambiente de oscuridad, Dios tenía allí a su pueblo; Dios siempre ha tenido a su pueblo rodeado de tinieblas y de un ambiente de opresión, pero en medio de toda esta adversidad siempre ha tenido un pueblo que le ama, y que desea servirle.
 
 En todo el libro de Ester, no se menciona directamente a Dios, pero Él se encuentra en todas las páginas de este libro. Dios se encuentra detrás de cada detalle, aún de las cosas más sencillas. El hecho de que el rey Asuero perdiera el sueño, nos muestra que Dios estaba detrás de esta experiencia. Desde el punto de vista espiritual, el sueño no es algo positivo en la vida de un creyente.
 
 La Biblia nos muestra muchos casos de sueño que produjeron un daño profundo y terrible. Por ejemplo Sansón perdió su cabellera a manos de Dalila a causa de su sueño, cuando aparecieron los filisteos para prenderlo, Sansón trató de defenderse pero su fuerza ya no estaba con él. No se dio cuenta cuando le pasaron las tijeras por su cabello, tampoco se percató de la pérdida del Espíritu de Dios sin el cual él no era nada, porque no se trata de nuestras capacidades sino de la gloria de Dios en nosotros.
 
 En el Nuevo Testamento, Jesús nos pone en guardia diciéndonos: “El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue” (Mateo 13:24-25). ¿Cuándo se sembró la cizaña en el campo de trigo? ¡Cuando se durmieron los hombres!
 
 En Zacarías capítulo 4, hallamos otra referencia al sueño: “Volvió el ángel que hablaba conmigo, y me despertó, como un hombre que es despertado de su sueño” (v. 1). Esto nos ocurre también a nosotros, nos vamos descuidando y el sopor espiritual hace que el enemigo saque provecho contra la vida del pueblo de Dios.
 
 Pero Dios interviene en medio del sueño; a este rey persa se le fue el sueño, esto no fue casualidad, Dios estaba en el asunto. Cuando el sueño espiritual se va, empiezan a surgir profundas inquietudes en la vida del pueblo de Dios, en la Iglesia, en la Obra, donde quiera que nos movemos empezamos a afectar el ambiente.
 
 El rey quizá buscó algunos músicos para que tocaran alguna melodía suave para poder conciliar el sueño que se le había escapado, pero no logró el efecto esperado. Tal vez después llamaría a uno de sus sirvientes para que le hiciera alguna tisana que le ayudara a relajarse, pero tampoco consiguió su objetivo. Finalmente, tras estos intentos fallidos, fue naciendo en su mente una inquietud por leer las crónicas de su pueblo, éste era el registro donde se anotaban los eventos importantes del reino. Este sentir lo puso Dios en el corazón del rey Asuero ¿cuántas cosas lindas tiene Dios para nosotros, pero por no seguir ese sentir las perdemos?
 
 Jesús llevó a sus discípulos al monte de los Olivos, les pidió que velaran con Él, se alejó de ellos para orar, y, mientras oraba, la intensidad de su clamor era tal que su sudor era como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra (Lucas 22:39-44). Luego que estuvo en agonía (orando) por una hora, fue a ver a sus discípulos ¿y cómo los encontró? ¡Durmiendo! Jesús les reconvino (Mateo 26:40-41). Los despertó, y, después de hablarles, los dejó en la disposición de orar; Jesús se fue de nuevo a orar en la presencia del Padre y cuando regresó a sus discípulos, los halló durmiendo otra vez. Habían perdido la oportunidad de conocer un episodio profundo de la vida de Cristo que habría sumamente enriquecido su vida espiritual. No supieron aprovechar ese momento irrepetible, perdieron la oportunidad única de profundizar su vida interna.
 
 El sueño, hablando en términos espirituales representa el descuido, la insensibilidad, la oscuridad, la inactividad. Todo lo contrario representa el estar despierto: es estar alerta. Nadie piensa en dormir durante el día, se sabe que el día es para trabajar. El Señor dijo que el día era para trabajar y la noche para descansar (Juan 9:4). La Biblia nos dice que nosotros somos del día (1 Tesalonicenses 5:8). “Los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan. Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios…” (1 Tesalonicenses 5:7-8).
 
 Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). No somos de las tinieblas, somos de la luz por lo tanto somos llamados a velar en todo tiempo, estoy hablando en términos espirituales; somos llamados a estar alertas, activos y fructíferos en la Obra de Dios. Una persona que duerme todo el día, es improductiva, no hace nada ¿usted se imagina a un creyente que no sienta nada de Dios a su alrededor, mientras otros están llenándose de la gloria de Dios? Esto es mortal para la vida espiritual.
 
 Hasta esa noche en que el sueño se le fue al rey Asuero, no le había interesado, ni importado, ni se había preocupado por la vida del pueblo de Dios. Esa noche cambió todo ¿por qué? Porque cuando a uno se le va el sueño, se ubica en los propósitos divinos, sabe dónde está parado. En el momento cuando el rey perdió el sueño, Dios empezó a usarlo de una forma extraordinaria. Aunque él no era consciente de la importancia de su participación; Dios lo tomó sin que éste lo supiera o lo decidiera. Dios usó su soberanía. Fue la soberanía divina la que produjo la introducción de Ester en el palacio real; cuando la reina Vasti decidió no presentarse al banquete real desafiando la orden de Asuero, por cuanto se estaban emborrachando los príncipes y los súbditos del reino. Esto trajo su destitución inmediata, y por medio de este evento Ester ocupó el lugar de reina en el imperio persa.
 
 Hay momentos cuando nos parece que el maligno lleva las riendas, que hace lo que quiere; no se equivoque, Dios no ha dejado de ser soberano. Al apóstol Juan le tocó vivir un tiempo más peligroso que el nuestro, pero cuando fue arrebatado al cielo y vio la ciudad celestial, lo primero que vio fue a Dios sentado en su trono. A Dios no le mueve nadie de su trono, ningún reyezuelo de este mundo, gobernante, autoridad o demonio, pueden mover a Dios de su trono y de sus designios.
 
 En el renio de Asuero, Dios tomó la decisión de poner en el trono de la reina a una joven que no declaró su nacionalidad, pero que era judía. Dios introdujo a Ester en el palacio de Asuero usando su belleza, su donaire, para ubicarla en el centro del imperio persa ¡Dios sabe lo que hace!
 
 En medio de este mover divino surge algo negativo; nadie debe sorprenderse que en medio de la bendición de Dios, se levante alguien como Amán. Este Amán empezó a ascender en el reino, fue hecho visir, lo cual era un cargo de gran importancia, era casi un virrey. Pero lo más glorioso es que antes que este hombre ascendiese a esa posición, ya Dios había colocado a Ester en el trono real. Amán se infló ante la importancia de su cargo, cada vez que entraba en algún vestíbulo del palacio, la gente debía caer de rodillas delante de él, pero Mardoqueo que estaba también en los vestíbulos del palacio, viendo aquellas cosas novedosas que Amán estaba imponiendo, se mantuvo firme en su posición de no doblar rodillas delante de ningún hombre. Mardoqueo era un hombre de fe pujante, con un conocimiento claro de la Palabra de Dios, decidió mantenerse sin arrodillarse, la Biblia dice que: “Mardoqueo ni se arrodillaba ni se humillaba” (Ester 3:2).
 
 Hay mucha gente que fácilmente se arrodillan y se humillan ante el diablo y este mundo, se humillan ante estos amanes modernos. Pero gracias a Dios que todavía están en pie los mardoqueos, aunque desgraciadamente cada vez nos estamos quedando más solos, pero ¿qué nos puede faltar? Si Dios está con nosotros lo tenemos todo.
 
 En su euforia y ascenso Amán, no se había percatado de la posición de Mardoqueo hasta que alguien lo denunció; llamaron a Mardoqueo pidiéndole cuál era la razón por la cual no se arrodillaba ni se humillaba delante de Amán; éste les contestó que sólo se arrodillaba delante de Dios. Cuando le informaron a Amán sobre la actitud de Mardoqueo y de la razón por la cual no se arrodillaba delante de él, Amán se enfureció sobremanera, decidió matar a Mardoqueo y a todos los de su pueblo. Tras buscar a los astrólogos para que echaran suertes, éstos le dijeron que los astros y las estrellas estaban a su favor.
 
 Amán fue al rey y le dijo que había un pueblo de su reino, que no aportaba nada, que era improductivo, por lo cual quería pagar a las arcas del tesoro real diez mil talentos de plata (Ester 3:9), para destruir a ese pueblo. El rey, que nada sabía sobre este pueblo ni tampoco le importaba nada, le dio su beneplácito para que ejecutara sus designios.
 
 Amán hizo un anuncio por todo el imperio en distintos idiomas, envió correos a caballo para que el día trece del mes duodécimo, todo el pueblo de Israel fuera muerto, exterminado y destruido, y sus propiedades expropiadas (Ester 3:13-15). Era una orden irrevocable, la sentencia se tenía que cumplir; el pueblo de Israel gemía, la Escritura dice: “y el edicto fue dado en Susa capital del reino. Y el rey y Amán se sentaron a beber; pero la ciudad de Susa estaba conmovida” (Ester 3:15). Fue en este momento de angustia, de desesperación, dolor y temor que Dios hizo que al rey se le fuera el sueño, empezaría a usarlo sin que lo supiera. Y si Dios despertó a un rey impío, como no despertará a aquel que siendo Suyo está adormecido.
 
 “Entonces hallaron escrito que Mardoqueo había denunciado el complot de Bigtán y de Teres, dos eunucos del rey, de la guardia de la puerta, que habían procurado poner mano en el rey Asuero” (Ester 6:2). Al preguntar el rey Asuero si se había recompensado a Mardoqueo por su acto, le contestaron que nada se había hecho. En ese preciso momento llegaba Amán al palacio, el rey le convocó y le hizo una pregunta: “¿Qué se hará al hombre cuya honra desea el rey? Y dijo Amán en su corazón: ¿A quién deseará el rey honrar más que a mí?” (Ester 6:6). Pensando que el rey hablaba de él, Amán pidió toda la honra máxima que se le podía dar a alguien en el reino persa: “traigan el vestido real de que el rey se viste, y el caballo en que el rey cabalga, y la corona real que está puesta en su cabeza; y den el vestido y el caballo en mano de alguno de los príncipes más nobles del rey, y vistan a aquel varón cuya honra desea el rey, y llévenlo en el caballo por la plaza de la ciudad, y pregonen delante de él: Así se hará al varón cuya honra desea el rey” (Ester 6:7-9).
 
 Amán venía para colgar a Mardoqueo en una horca de unos cincuenta codos de altura (25 m. de alto); pero el rey había salido del sueño, estaba siendo usado por Dios sin saberlo, le dijo a Amán que fuera donde estaba Mardoqueo e hiciera con él todo lo que había dicho, acerca del varón cuya honra deseaba el rey. ¡Cuán grande es el poder de Dios! Amán tuvo que pregonar por toda la ciudad que Mardoqueo era el hombre más honrado por el rey. Cuando éste regresó a su casa agotado por el día de dura labor que había tenido, su esposa le profetizó: “Si de la descendencia de los judíos es ese Mardoqueo delante de quien has comenzado a caer, no lo vencerás, sino que caerás por cierto delante de él” (Ester 6:13). La trama asesina de Amán contra Mardoqueo y el pueblo judío estaba siendo contrarrestado por el Señor a través de Ester, la cual había despertado y comprendido su responsabilidad ante Dios y su nación.
 
 Aunque para acceder al rey era necesaria su invitación de pena de muerte, Ester recurrió a la oración y al ayuno, buscó la invitación en Dios y éste le dio gracia ante los ojos de Asuero. El rey le dijo: “¿Qué tienes, reina Ester, y cuál es tu petición? Hasta la mitad del reino se te dará” (Ester 5:3). A ésta pregunta, Ester le rogó que fuese al banquete que le había preparado; cuando llegó al banquete, Asuero le volvió a manifestar: “¿Cuál es tu petición, y te será otorgada? ¿Cuál es tu demanda? Aunque sea la mitad del reino, te será concedida” (Ester 5:6), ella le pidió que viniera junto a Amán a otro banquete.
 
 En este nuevo banquete el rey volvió a insistirle a Ester sobre lo que ella deseaba, finalmente ella le pidió que su vida fuese preservada, ya que junto a su pueblo había sido condenada a la exterminación. Estas palabras enojaron terriblemente al rey; ¿quién se había atrevido en su reino condenar a su propia esposa sin tan siquiera consultarle a él?; ante éste atrevimiento respondió el rey Asuero: “¿Quién es, y donde está, el que ha ensoberbecido su corazón para hacer esto? Ester dijo: El enemigo y adversario es este malvado Amán” (Ester 7:5-6).
 
 Encendido en ira el rey salió al huerto, mientras tanto Amán sintiendo la muerte sobre su cabeza, entró y se postró ante Ester para rogarle que perdonara su vida; al entrar Asuero y viéndolo recostado sobre el lecho de la reina gritó indignado: “¿Querrás también violar a la reina en mi propia casa?” (Ester 7:8). Los guardias del rey le cubrieron la cabeza, lo sacaron y lo colgaron en la misma horca que Amán había preparado para Mardoqueo.