Rev. Gustavo Martínez Garavito
 
No deje que Él pase de largo, reténgalo. Dígale: ¡Señor, bendíceme, tócame, sáname, atiende mis suplicas y mi necesidad! Dios quiere oír su voz, su oración.
 
 Cuando Jesús llegó al pozo de Jacob en la ciudad de Sicar, en Samaria, una mujer vino a sacar agua. Ella estaba necesitada de Dios y Jesús, hablándole, llegó a lo profundo de su corazón. Esta mujer vino por agua y se le concedió una “poderosa fuente de agua viva”; al instante, ella dejo el cántaro, fue a la ciudad y dijo: “Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” Y la gente salió corriendo, dejándolo todo, para ver a Jesús y Él se quedó con ellos dos días, enseñándoles la Escritura y sanando a muchos.
 
 En otra ocasión, dos hombres ciegos se dieron cuenta que Jesús estaba cerca y se pusieron en el camino; ellos no lo podían ver, pero sabían que pasaría por allí y se dijeron el uno al otro: “Viene una gran multitud, entre ellos está Jesús, quedémonos aquí hasta que Él pase, porque es la única manera en que nos puede sanar”. Al estar Jesús cerca a ellos, alzaron su voz y clamaron, diciendo: “¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!”. Al oírlos, Jesús se detuvo y los sanó.
 
 Existen otros tipos de personas, como los habitantes de Gadara, que dejaron pasar de largo a Dios. Después que Jesús libertó a un hombre endemoniado, poseído por una legión de demonios, que nadie había podido controlar, no les importó; había operado un milagro, pero se preocuparon más por los cerdos y le pidieron que se fuera.
 
 La Biblia relata en Lucas 24:13-35, la actitud de dos discípulos que iban camino a una aldea llamada Emaús. Jesús, resucitado, se les apareció, pero al verle no le reconocieron, y fue platicando todo el camino. Cuando llegaron a la aldea, Jesús hizo como que iba más lejos, pero ellos le pidieron que se quedase. Tenían necesidad espiritual, se sentían solos, tenían miedo, por eso querían la compañía de este forastero. Fue así que en el momento de partir el pan se dio a conocer a ellos. Entonces salieron corriendo a Jerusalén y decían: “con razón ardía nuestro corazón cuando nos hablaba”. Es que la Palabra de Dios hace que el corazón se encienda, se llene de gozo y alegría. ¿Qué hubiese sucedido si no se lo pedían encarecidamente? ¿Qué hubiese sido de ellos?
 
 ¿Qué hubiese sido de Abraham si el Señor pasaba de largo? ¿Su vida hubiese sido igual? No lo creo. Porque un día, Dios le declaró el futuro: “De cierto volveré a ti; y según el tiempo de la vida, he aquí que Sara tu mujer tendrá un hijo”. Dios estaba revelando que el momento estaba cerca. Humanamente no era posible; Sara, su esposa, no estaba en condiciones de concebir.
 
 ¡No deje que Él pase de largo, reténgalo! Dígale: ¡Señor, bendíceme, tócame, sáname, atiende mis suplicas y mi necesidad! Dios quiere oír su voz, su oración, Él quiere sanar su cuerpo y llenar su alma, ¡Levántese y reciba a Dios en su corazón!
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