Rev. Alberto Ortega
 
 “Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.” Juan 5:17.
 Esta fue la respuesta de nuestro Señor Jesucristo a aquellos que pretendían detener su Obra de salvación y de redención de la humanidad. La Obra de Dios siempre ha encontrado las mismas oposiciones, los mismos antagonismos y las mismas competencias. Desde la misma creación de los cielos, anterior a la creación de la tierra y del hombre, Dios tuvo que bregar con el intento del arcángel Lucifer, quien a raíz de su rebelión contra Dios pasó a llamarse Satanás, o enemigo de Dios.
 
 En el Huerto del Edén, ya presente el hombre, volvió a manifestarse la misma situación, el mismo fin, detener la Obra de Dios. Nos faltaría el espacio y el tiempo para enumerar toda la oposición demoníaca y humana que se ha levantado desde el inicio de los propósitos de Dios hasta nuestros días.
 
 Cuando oímos los testimonios de los obreros, de los misioneros en sus campos de labor encontramos este mismo elemento que encontró nuestro Señor Jesucristo, las barreras son innumerables, las oposiciones son virulentas y hasta violentas. Pero, lo que nos puede parecer sorprendente es que nuestro Dios no elimina, no suprime esas oposiciones. Aun su propio Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, encontró estas mismas circunstancias.
 
 El apóstol Pablo escribiendo la epístola a los Hebreos proclama: “Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar” (Hebreos 12:3). La palabra contradicción en el griego original es antología; y significa: objeción, disputa judicial, disensión, enemistad. Notemos que esa contradicción Jesús la sufrió contra sí mismo, esto significa que aquellos que se le opusieron en contra de lo que Él era, es decir de su identidad como el Hijo Unigénito de Dios.
 
 Por lo mismo, al acusar a Jesús como un impostor podían cuestionar su obra, sus mensajes, sus milagros y de ahí decidir desde un punto de vista de la ley mosaica detenerlo en su labor de evangelización y de redención de los pecadores.
 
 La clave de este texto del apóstol Pablo es primeramente llevarnos a entender y aceptar que la oposición a la Obra de Dios es algo inevitable, que el Señor Jesucristo la sufrió. No existe pues posibilidad alguna de cambiar este hecho, recuerde las palabras de nuestro Señor Jesucristo: “El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor.” (Mateo 10:24).
 
 Lo segundo, es que si no velamos sobre esta realidad podemos llegar a desgastarnos en nuestra alma hasta perder los recursos de nuestro ánimo por el Señor y por la Obra de Dios. El ánimo de servir no basta por sí mismo, el anhelo de ser fiel no es suficiente, el deseo de invertir nuestra vida en la Obra de Dios no son una garantía de que podamos resistir el desgaste que desencadena la oposición. Si no velamos sobre esta realidad acabaremos por claudicar bajo la presión.
 
 Lo tercero y último, toda oposición puede ser vencida cuando cada uno de nosotros, fijemos nuestros ojos en nuestro Señor Jesucristo para que nuestro ánimo, nuestro deseo, de vivir y de servir al Señor no se canse y nos lleve al desmayo.
 
 ¡Qué hermosas palabras! Lo que lleva al desaliento no son las oposiciones del diablo ni de los pecadores, sino la falta de mirada hacia Cristo. Hermano mío, amado obrero del Señor, lo que falla no es Dios, ni tampoco su poder sino nuestra mirada, ella nos derrota o nos da la victoria. Nuestro Señor Jesucristo se sostuvo mirando al Padre: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo”. Se mantuvo en victoria porque tenía sus ojos puestos en el Padre.
 
 Amado, ¿estás viviendo rodeado de oposición? ¿Te sientes desmayar en tu ánimo? Levanta ahora tu mirada a Jesús, considera la victoria que Él tuvo contra toda la oposición del diablo, de los demonios y de los hombres y proclama tu victoria frente a toda tu oposición.