Antes de la caída, la soberbia

Las civilizaciones son como puentes construidos para una época, parecen indestructibles en su tiempo, pero llegan a desmoronarse ante el peso de exigencias mayores, de no edificar una sociedad con bases morales suficientemente sólidas.
Y el puente se quiebra otra vez… si al­guien pudo describir desde una pers­pectiva Teísta bíblica –esto es, desde la consideración de un Dios Creador, pero siem­pre en relación abierta, de libertad consciente del hombre– los ciclos de emergencia, gloria y caída de sociedades humanas, este fue el filó­sofo cristiano Francis Schaeffer (fallecido el año 1984). Él comparó las civilizaciones a puentes construidos para una época, los cuales pare­ciendo indestructibles en su tiempo, llegan a desmoronarse ante el peso de las exigencias mayores de maquinarias más pesadas, diga­mos, las secuelas, cada vez más abrumadoras, de no haber construido una sociedad con bases morales suficientemente sólidas.
 
En su obra “¿Cómo debemos entonces vi­vir?”, y a través de trece capítulos formidables, los cuales analizan desde la era del Imperio Ro­mano hasta la de manipulación global de las élites de nuestros tiempos, Schaeffer propone que en realidad, los progresos y sofisticaciones políticas y económicas de la historia de edades y sociedades, terminan en esquemas similares en los que se justifica la tiranía política, es de­cir, de manera invariable, aunque sutilmente, se centralizan el poder y la toma de decisiones, y con ello, se asegura también la centralización de poder económico en una élite. Esta descrip­ción incluye a las edades en que, en diferentes grados, las fuertes bases morales del cristianis­mo constituyeron el cimiento de los “puentes” o edades de Europa. Erosionada la base por agentes corrosivos, el puente se cae…
 
No se puede decir que estemos ante esce­narios diferentes. Habiendo ampliado merca­dos de ambos, bolsillos y mentes, a través de la globalización, y una cada vez más sofisticada electronalidad, el mundo no es sino la réplica de lo que el hombre hizo en otras edades. Si en un momento, todos los caminos conducían a Roma, hoy, un sistema financiero sin fronteras geográficas –perpetrado a través de piezas de plástico rectangular de aparente e ilusorio gran poder- nos conduce al mismo mundo hedonis­ta, de tragamonedas, que se niega a reconocer límites o arbitrio alguno. E igualmente, a pesar de que no está funcionando, sino más bien ca­yéndose aparatosamente, estamos siendo testi­gos de la terquedad y la negación de la verdad. Exactamente eso: somos los testigos de esta era de un puente que se desmorona por negar la verdad de que hay una moral cierta y que sin ella, ningún esquema político ni económico puede tener éxito.
 
Algo interesante y clave a notar y entender es cómo la carencia de bases morales que ha caracterizado a todo imperio, ha conducido, luego del apogeo, y el inicio de los problemas –cuando empieza a notarse que el puente se está resquebrajando- no a un cambio de direc­ción, sino todo lo contrario, al endurecimiento y al cinismo. Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída es la altivez de espíritu1, describe otra vez a la perfección lo que estamos atestiguando en nuestros días. No es que falte una voz moral en Occidente post-cristiano, al contrario, hay aún autoriza­das voces levantándose, pero estas parecen –por lo que se ve en los medios- ahogarse y lo más probable, lo que se debe esperar, y aún lo mejor que puede pasar con una sociedad moralmente caduca es que llegue a la quiebra total, al menos, si no hay un reconocimiento de su propia falencia moral…. Y es que la­mentablemente una cultura caduca padece de puntos ciegos. Por ejemplo, es ahora común encontrar que los cristianos en Norteamérica creen que el capitalismo es el sistema oleado y sacramentado, o que está bien no dar docu­mentos a inmigrantes y que estos deben irse por respeto a “sus leyes”, muestra del olvido de principios bíblicos muy básicos.
 
Para ilustrar el cinismo utilicemos tan solo un ejemplo: en el año 2009, Bernard L. Madoff, ex-presidente de Nasdaq, propietario de Ma­doff Investment Securities (BMIS) de asesora­miento e intermediación bursátil, uno de los inversores más dinámicos de los últimos 50 años y considerado el intermediario financiero favorito de los ricos de Florida y Manhattan, fue condenado a 150 años de prisión por eje­cutar una de las mayores estafas financieras a manera de fraude piramidal. Según abundan­tes fuentes electrónicas, ya en prisión Madoff habría afirmado que para él, estar preso era una liberación, pues estando en la cima de un gran fraude -que habría causado pérdidas de 50.000 millones de dólares a sus clientes- se en­contraba ya hastiado de tener que mantener la farsa ante “ancianos mezquinos y avariciosos que se lo merecían”. Lo que es importante no­tar, más allá del cinismo, es que Madoff no es el signo único de una corrupción y avaricia, sino más bien la cara visible en el mundo financiero de una colectividad anónima pero vasta, cuya conciencia está marcada por la ambición sin lí­mite. Madoff no es sino el rostro de una psique colectiva.
 
Es vital que en este tiempo, las voces mora­les de sociedades que están pasando por una aurora en su historia, hagan un trabajo repetiti­vo, concientizador, docente, levanten su voz y prevengan a la sociedad “emergente” en la que se hallen, del triunfalismo que tan fácilmente se expresa en estos tiempos. Brasil es ahora po­tencia mundial, y Merkel abraza afanosamente a Rousseff, ante el hecho de que las arcas bra­sileras pueden ahora inclinar la balanza del poder mundial. Países como Perú, Colombia, Panamá anuncian sus marcas, sus comidas, sus “sites” turísticos, y se regodean en los pro­nósticos que los colocan en las listas de los más poderosos en un cuarto de siglo. Pero en todos estos países los crímenes indescriptibles, la co­rrupción –especialmente la debilidad de sus instituciones judiciales- las brechas de ingreso, la pobreza y la ignorancia constituyen aún ma­les que hacen de nuestra bulla emergente algo patético. ¿O hay algo más patético que una so­ciedad rica pero corrupta, necia e ignorante? ¿Qué hay más exasperante y temible que un necio con riquezas? ¿Que una neo-Roma po­derosa gobernada por los nerones y calígulas de este tiempo? La emergencia de nuestras so­ciedades es real y precisamente para impulsar una mejora sostenible en el tiempo y un legado estable a otras generaciones debemos tener el empuje y el rostro de pedernal necesarios para construir, como si fuera el puente de esta era, nuestros esfuerzos en verdades irrefutables, basadas en la lógica y la comprobación, en la identidad del hombre y la mujer, la humanidad innegable del no nacido, el valor del matrimo­nio heterosexual que es – no los impuestos- el verdadero sustento y núcleo del Estado fuer­te, la responsabilidad del empresario de sacar adelante a su comunidad… En todo campo, en todo quehacer, hay una labor fundamental que requiere de preparación bíblica seria, de valor y de carencia absoluta de temor al hombre o apego a la conveniencia. La labor recién empie­za, y antes que jactancia, los verdaderos enten­didos de “países emergentes” deberán exhibir prudencia e inteligencia: Que no se alabe tanto el que se ciñe las armas como el que se las des­ciñe.