El mendigo que Dios liberó

Perteneció a la Marina de Guerra del Perú, pero estuvo atrapado en las drogas y el alcohol. Fue expulsado. Acabó como vagabundo en las calles. Dios se apiadó de él y transformó su gris camino. Ramón Reyes Castillo dejó la oscuridad y fue la luz que iluminó miles de vidas como obrero del Señor.
¿Es posible que un humano pe­cador, bajo el influjo del maligno y apartado de Cristo se convierta en instrumento de la voluntad de Dios? ¿Exis­te algún proceso redentor por el cual se puede pasar de lo perverso a lo divino? ¿Se puede ser perdonado y restaurado? La res­puesta a todas estas interrogantes es una sola: sí. Y está encarnada en la vida y ac­tos del pastor Ramón Reyes Castillo. Sur­gido del barro de lo profano, se alzó para ser uno de los mejores anunciadores de los Santos Evangelios de la Obra del Señor.
 
Reyes Castillo, hombre larguirucho como un junco, nació en la ciudad de Lima el 31 de agosto de 1946, fruto del amor de Andrés Reyes y Victoria Castillo, provin­cianos radicados en la capital del territorio peruano, quienes tuvieron 18 hijos. Ramón fue un niño que sufrió una infancia domi­nada por la estrechez económica y la falta de un credo en el cual creer. Sin embargo, sus progenitores se desvivieron para brin­darle educación secular con la que pudo abrazar una carrera militar en la Marina de Guerra del Perú a la edad de dieciocho años. Aquel rumbo, paradójicamente, años más tarde lo terminaría de depositar en las aguas benditas del cristianismo luego de una serie de acontecimientos oscuros.
 
Influenciado por las malas juntas, el dia­blo, la soledad y diversos temores, la exis­tencia castrense de Ramón Reyes se pertur­bó y se trastocó por el consumo y abuso de estupefacientes y tocó fondo. Así, mientras navegaba por gran parte del Océano Pací­fico y alcanzaba la categoría de mecánico de motores marinos, sus días se volvieron turbulentos por las drogas y su periplo por la armada peruana se fue poco a poco por la borda y decantó primero en un tiempo de reclusión, en el presidio de la Isla del Fron­tón, y culminó en 1977 con su expulsión de­finitiva después de trece años de servicios. Empero, una corta carrera en la que cosechó el cariño de sus compañeros de armas.
 
RUMBO AL SÓTANO
 
La abrupta salida de Ramón de la Marina de Guerra del Perú, el punto final de una se­rie de errores y de una etapa de ignorancia espiritual, terminaría siendo esencial para su redención. Claro que el proceso de res­cate de este varón no fue, lamentablemen­te, un pasaje agradable. En el aturdimiento de aquellos días, se entregó a las sustancias prohibidas y su existencia social se hizo in­sostenible. Entonces, le sucedieron tantas cosas en tan poco tiempo que, sin la mise­ricordia del Altísimo, su destino no fue otro  que la calle y la indigencia. En poco tiempo pasó de ser un marino alegre y fiestero a un loco haraposo que andaba, sin brújula, por las calles limeñas con un bulto a cuestas y cantando siempre a voz en cuello.
 
No es difícil imaginar que en el peor momento de su estadía terrenal, cuando Ramón estaba a merced del rey de las ti­nieblas, el Señor lo recuperó de la inmun­dicia del asfalto con la intervención de sus hermanos Leonor, Carmen y Pablo, que ya para ese momento habían aceptado a Jesús como su Señor y Salvador. Así que después de andar dando vueltas sin sentido por Lima, durante doce años, Reyes conoció los Evangelios y se maravilló con el poder de Jesús y sobre la marcha les pidió a sus familiares una oportunidad para cambiar. De inmediato, conoció el templo central del Movimiento Misionero Mundial en el Perú, donde congregaban sus hermanos, y recibió al Todopoderoso y empezó a dar los primeros pasos de su nueva vida en Cristo.
 
LA SALVACIÓN
 
Desde el primer día de su llegada a la Obra del Creador, Reyes Castillo comenzó un feliz aprendizaje. Primero se empeñó en aprender las clases de doctrina, impartidas por los res­ponsables de la Iglesia de Lima, escudriñar de punta a punta la Biblia y en la recuperación de su salud mental y física. Luego, con la fe a tope, se unió en matrimonio con la hermana Juana Valencia Mendoza el diez de diciem­bre de 1993 y procreó a Simón y Sara. Pronto quedó claro que no sería un miembro más del Movimiento Misionero Mundial. Por ello, y debido principalmente a su entrega irrestricta a Dios, se hizo cargo del cuidado de la sede principal del MMM en el Perú y transitó por los diversos peldaños de la organización has­ta el alcanzar el título de ministro.
 
Según cuentan quienes tuvieron el pri­vilegio de conocerlo en vida, el día que el pastor Ramón Reyes partió a la ciudad de Pisco, situada a 290 kilómetros al sudeste de Lima, se marcó un hito que trazó su historia terrenal. Ese 4 de abril de 1997, el hombre de la sonrisa ancha y blanca, y de los lentes redondos, estaba predestinado a trabajar en las tareas misioneras y evange­lizadoras del MMM y, con una gran cuota de convicción y de optimismo, se fabricó su propio espacio. Porque de esa fe y se­guridad en Dios, engarzados a su carisma y voz sonora, surgió un ministerio fértil y productivo.
 
Radicado en la ciudad de Pisco por más de diez años consecutivos, difundió El Evan­gelio y estableció templos de la Obra en las localidades de San Clemente, San Andrés, Villa, Casalla, San Miguel, la Pascana y Ber­nales. Siempre pegado a la sana doctrina, materializó un legado para experimentar en cualquier momento con plenitud, alegría y esperanza. Mas la voluntad del Creador dispuso, en junio de 2007, que Ramón debía ir al encuentro de su Maestro. Empero, an­tes de partir el Todopoderoso le mostró que Perú sería asolado por un terremoto, aconte­cido el 15 de agosto de ese mismo año, que dejó en escombros a la región Ica.
 
Los últimos meses en la tierra de Ramón Re­yes Castillo -antes de que un cáncer pulmonar terminara con su existencia- fueron estreme­cedores, pero dignos: “agradecimiento hay en mi corazón. Canto de alegría elevo con mi voz. Muchas son las cosas que mi Dios me ha dado y en agradecimiento le sirvo a mi Señor… Ni por un momento Tú me has dejado solo y así tu santa mano ha sido mi sostén. Permite que mi vida yo ponga por servirte, que dentro de mi alma presente siempre estén los múltiples fa­vores y tus misericordias que ya sin merecerlo tuviste para mí”, interpretaba, con el corazón turbado, mientras esperaba su reunión con Je­sucristo, poco antes de morir el 8 de febrero de 2008, en el Hospital Nacional Guillermo Alme­nara, en su último día de vida.