Una niñez atrapada por la pornografía y las fantasías sexuales. La vida de Christian Giordanino parecía ingobernable, pero a los 10 años conoció al Señor. Se transformó en cristiano y abanderado de la castidad hasta el día de su matrimonio.

 
Christian Giordanino Tarraja des­cubrió a los diez años de edad que la castidad, aquella capacidad mar­cada por la pureza de pensamiento y de actos, es una de las virtudes principales en la tarea de vivir en los caminos de Dios. Hasta entonces era un niño atrapado por la pornografía y las fantasías sexuales, que vivía en medio del pecado sin preocupar­se de las consecuencias que podrían haber derivado de los actos de su corrompida existencia.
 
Giordanino, nacido en Lyon, Francia, el 8 de febrero de 1963, se sentía capaz de existir eclipsado por los apetitos carnales y sobrevi­vir sin fe alguna en medio de un mundo sub­yugado por el placer y la maldad. Pasó por la esclavitud de la masturbación, la degradación personal y el contacto con lo diabólico y so­brevivió.
 
Hoy, con 49 años recién cumplidos, es miembro del Movimiento Misionero Mun­dial, erigido como un hijo ejemplar del Crea­dor, quien encontró en las Sagradas Escrituras una vía de escape y redención. Un cristiano, llamado despectivamente “mojigato” por sus convicciones evangélicas, que a lo largo de 48 años se mantuvo casto y puro y cumplió a ca­balidad con lo determinado por Dios respecto al placer sexual: abstinencia total hasta el ma­trimonio.
 
APRENDIZ DE SEDUCTOR
 
Criado en un hogar típico francés de los años sesenta, donde el Todopoderoso bri­lló por su ausencia, Christian fue un chico ingobernable, pilluelo audaz de supermer­cados y brillante aprendiz de seductor que solía juguetear sin rubores, como un autó­mata, con niñas mayores que él en su afán de conocer los deleites de la vida munda­na. La verdad es que la infancia de Gior­danino fue como un filme prohibido en el que la presencia del demonio jamás estu­vo ausente. Así permaneció hasta los diez años, haciendo rabiar con su rebeldía y sus travesuras a sus padres Blanche Tarraja y Virgile Giordanino, pero ingeniándoselas para escapar de lo maligno, hasta que te­meroso del Altísimo modificó su rumbo errado.
 
La cristianización de Giordanino ocurrió en el verano europeo de 1973. Impío, pen­denciero y orgulloso como pocos, encontró a Jesucristo en un campamento evangélico organizado muy cerca de la capital de los Al­pes franceses, la ciudad de Grenoble, a 572 kilómetros de París. Allí, en medio de una geografía imponente y maravillosa, Cristo se presentó ante uno de sus hijos más extravia­dos y le mostró la luz de su amor infinito. Casi cuatro décadas después recuerda hoy que: “fui convencido por Dios, por su Pa­labra y el Espíritu Santo me dijo: esta es la verdad. Entonces me arrodillé y levanté mis manos y confesé mis pecados y le entregué mi vida y mi fe a Jesús”.
 
Ya en las filas del Evangelio, y con un notorio cambio de personalidad y com­portamiento, la historia de Giordanino Tarraja no estuvo libre de tentaciones. En su adolescencia y en los primeros años de su juventud experimentó muchos avatares y el demonio lo incitó de diversas formas. Sin embargo, Christian, guarecido por el poder de Cristo, sorteó cada una de las provocaciones y fortaleció su amor por la verdad. Las reminiscencias de esos días siempre lo acompañan y nunca teme com­partirlas: “pasé por muchas pruebas espi­rituales. Quizás las más terribles fueron la separación de mis padres y las innumera­bles proposiciones carnales que recibí de mujeres, colocadas en mi camino por el diablo, con el afán de hacerme pecar”.
 
En septiembre de 1983, en los inicios del go­bierno de François Mitterrand, sucedió un acon­tecimiento vital para su biografía. Enterado de la llegada de la Obra del Señor a territorio francés, a través del impulso de los reverendos Luis M. Ortiz y Alberto Ortega, decidió acudir a uno de los primeros servicios del Movimiento Misione­ro Mundial en la ciudad de Grenoble. Entonces en el corazón de una sociedad gris, mezquina e individualista, alcanzó la gracia. Según recuerda lo que más le impactó y terminó inclinando la balanza de su parecer fue: “percibir que el fue­go del Santo Espíritu estaba presente dentro del Movimiento Misionero Mundial”.
 
EL ENCUENTRO CON ANGÉLICA
 
Ese giro providencial, digno de las his­torias rubricadas por Jesús, le permitió a Giordanino estabilizar su fe cristiana y marchar a paso firme por las calzadas del Señor. Enseguida, este varón que habla francés, español, inglés y un poco de ita­liano y alemán, se transformó en uno de los colaboradores más pundonoroso de la Obra en Francia. Además, en forma para­lela a su vida secular, en la que se dedicó a especializarse en diseño industrial, Chris­tian empezó a predicar la Palabra de Dios y solidificó su convicción de abstenerse de todo goce carnal hasta el día de su boda. Y así transcurrieron 26 años, perseverando en la fe, siendo firme como un hierro, di­vulgando la Palabra de Dios, hasta que un nuevo suceso le mostró la misericordia y amor de Jesucristo.
 
En la ciudad de Ginebra, fronteriza con Francia, al promediar el año 2009, Angélica Pizarro, una hermana del MMM emigrada del Perú, se fijó en la forma seria y mesu­rada de difundir el Evangelio por parte de Christian, en el establecimiento de la Obra en Suiza. De inmediato se generó una amistad entre los dos bendecida por Dios que al cabo de un par de años derivó en un feliz matrimonio franco-peruano. Una unión, producida el 28 de octubre de 2011 en Grenoble, que significó el encuentro con el verdadero amor. “Sé que nuestro Señor Jesucristo valoró muchísimo mi castidad y me premió con una mujer de fe como An­gélica, quien también se privó toda su vida de la fornicación”.
 
Solo el Todopoderoso pudo hacer un guión sobre una vida con tanta convicción, una vida en la que el protagonista pasó del pecado a la virtud, para luego llevar su Pa­labra, ser emblema de la sana doctrina y demostrar ahora al mundo el valor de las Escrituras. Existencia que, asimismo, des­de agosto de 2008 está dedicada al Señor vía un ministerio y que en los próximos meses lo trasladará hasta París para hacer­se cargo de uno los templos del MMM en suelo francés. Biografía de la que se puede concluir, en palabras de su propio prota­gonista, como la acentuación ideal de “las grandes cosas que es capaz de hacer Cristo en las vidas de los descreídos, los ateos, los irreligiosos, los irreverentes e incluso en la de aquellos que han caído en las garras de la inmoralidad, la lujuria y la lascivia.