Todos los esfuerzos del ministro serán vanidad o peor que vanidad si no tiene unción. La unción debe bajar del cielo y esparcirse como un perfume dando sabor, sensibilidad y forma a su ministerio; y entre los otros medios de preparación para su cargo, la Biblia y la oración deben tener el primer lugar, y también debemos terminar nuestro trabajo con la Palabra de Dios y la oración.
 
En el sistema cristiano la unción es el ungimiento del Espíritu Santo, que aparta a los hombres para la obra de Dios y los habilita para ella. Sin esta unción no se obtienen verdaderos resultados espiri­tuales; los efectos y fuerzas de la predicación no exceden a los resultados de la palabra no consagrada. Sin unción ésta tiene tanta poten­cia como la del púlpito.
 
La unción divina sobre el predicador gene­ra por medio de la Palabra de Dios los resul­tados espirituales que emanan del Evangelio; y sin esta unción no se consiguen tales resul­tados. Se produce una impresión agradable, pero muy lejos de los fines de la predicación del Evangelio. La unción puede ser simulada. Hay muchas cualidades que se le parecen, hay muchos resultados que se asemejan a sus efec­tos, pero que son extraños a sus resultados y a su naturaleza. El fervor o el enternecimiento causados por un sermón patético o emocional pueden parecerse al efecto de la unción divi­na, pero no tienen la fuerza punzante que pe­netra y quebranta el corazón. No hay bálsamo que cure el alma en este enternecimiento exte­rior que obra por emoción y por simpatía; su resultado no es radical, no escudriña, no sana del pecado.
 
Esta unción divina es el único rasgo de dis­tinción, que separa la predicación del verda­dero Evangelio de todos los otros métodos de presentarlo, que refuerza y penetra la verdad revelada con todo el poder de Dios. La un­ción ilumina la Palabra, ensancha y enriquece el entendimiento capacitándolo para asirla y afianzarla. Prepara el corazón del predicador y lo pone en esa condición de ternura, pureza, fuerza y luz que es necesaria para obtener los resultados más satisfactorios. Esta unción da al predicador libertad y amplitud de pensa­miento y de alma, una independencia, vigor y exactitud de expresión que no pueden lograr­se por otro proceso.
 
Sin esta unción sobre el predicador, el Evangelio no tiene más poder para propagar­se que cualquier otro sistema de verdad. Este es el sello de su divinidad. La unción en el predicador pone a Dios en el Evangelio. Sin la unción, Dios está ausente y el Evangelio queda a merced de las fuerzas mezquinas y débiles que la ingenuidad, interés o talento de los hombres pueden planear para recomendar y proyectar sus doctrinas.
 
En este elemento falla el púlpito más que en cualquier otro. Fracasa conocimientos, ta­lento y elocuencia, sabe agradar y encantar, atrae a multitudes con sus métodos sensacio­nales; el poder mental imprime y hace cumplir la verdad con todos sus recursos; pero sin esta unción, todo esto será como el asalto de las aguas sobre el Gibraltar. La espuma cubre y resplandece; pero las rocas permanecen quie­tas, sin conmoverse, inexpresivas. Tan difícil es que las fuerzas humanas puedan arrancar del corazón la dureza y el pecado como el oleaje continuo del océano es impotente para arrebatar las rocas.
 
Esta unción es la fuerza que consagra y su presencia una prueba constante de esa consa­gración. El ungimiento divino del predicador asegura su consagración a Dios y a su obra. Una separación para la obra de Dios por el po­der del Espíritu Santo es la única consagración reconocida por Dios como legítima. Esta un­ción, la unción divina, este ungimiento celes­tial es lo que el púlpito necesita y debe tener. Este aceite divino y celestial tiene que suavi­zar y lubricar al individuo -corazón, cabeza y espíritu- hasta que lo aparta con una fuerza poderosa de todo o que es terreno, secular, mundano, de los fines y motivos egoístas para dedicarlo a todo lo que es puro y divino.
 
La presencia de esta unción sobre el predi­cador crea conmoción y actividad en muchas congregaciones. Las mismas verdades han sido dichas con la exactitud de la letra sin que se vea ninguna agitación, sin que se sienta nin­guna pena o pulsación. Todo está quieto como un cementerio. Viene otro predicador con esta misteriosa influencia; la letra de la Palabra ha sido encendida por el Espíritu, se perciben las angustias de un movimiento poderoso, es la unción que penetra y despierta la conciencia y quebranta el corazón. La predicación sin un­ción endurece, seca, irrita, mata todo.
 
La unción no es el recuerdo de una era del pasado; es un hecho presente, realizado, cons­ciente. Pertenece a la experiencia del hom­bre tanto como a su predicación. Es la que lo transforma a la imagen de su Divino Maestro y le da el poder para declarar las verdades de Cristo. Es tanta su fuerza en el ministerio que sin ella todo parece débil y vano, y por su pre­sencia compensa la ausencia de todas las otras predicaciones.
 
Esta unción no es un don inalienable. Es un don condicional que puede perpetuarse y au­mentarse por el mismo proceso con que se ob­tuvo el principio; por incesante oración a Dios, por vivo deseo de Dios, por estimar esta gracia, por buscarla con ardor incansable, por conside­rar todo como pérdida y fracaso si falta.
 
¿Cómo y de dónde viene esta unción? Di­rectamente de Dios en respuesta a la oración. Solamente los corazones que oran están llenos con este aceite santo; los labios que oran son los únicos con esta unción divina.
 
La oración y mucha oración, es el precio de la unción en la predicación y el requisito único para conservarla. Sin oración incesante la un­ción nunca desciende hasta el predicador. Sin perseverancia en la oración, la unción, como el maná guardado en contra de lo prevenido, cría gusanos.