Porque aunque fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios. Pues también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios para con vosotros. 2 Corintios 13:4
…No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades. Apocalipsis 1: 17-18

A simple vista, ¡Qué derrota!, pues Jesús, el Mesías, parecía prometer un futuro brillante… Su poder, desplegado al servicio de los enfermos y minusválidos, lo hacía diferente de los demás. Sus palabras de gracia y su incansable atención para aliviar las miserias de los hombres habían hecho que estuviese rodeado de una inmensa muchedumbre. Los discípulos estaban convencidos de que subiría al trono después de haber echado de Israel a los romanos, la potencia ocupante en aquel tiempo.
Sin embargo, a pesar de su poder, Jesús se dejó detener, llevar, juzgar, condenar y crucificar entre dos malhechores. Cuando estaba sufriendo en la cruz y los que lo veían se burlaban de su aparente debilidad (Mateo 27:39-44), su poder seguía siendo suficiente para liberarlo de tal suplicio, tal como lo señaló cuando lo arrestaron: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:53). Pero su amor hizo que soportase todo para liberarnos del juicio que merecíamos. Cuando murió, la derrota parecía evidente. Para sus enemigos, estaba vencido.
¡Pero resucitó como vencedor! La muerte no lo pudo retener, por ello salió de la tumba triunfante (Mateo 28:2-6). Ahora está vivo y desea ponerse en contacto con nosotros. La muerte fue vencida y la vida eterna es para todos los que, por la fe, se benefician de su victoria.
Fuente:Amen-amen