Hijo de uno de las zonas más peligrosas de Chile, Cristian Gonzales se adueñó de las calles a los 16 años. Sumergido en las drogas y el alcohol tropezó muchas veces con el Señor, pero evadió su encuentro. Parecía condenado a la perdición, sin embargo logró liberarse. Hoy es testimonio de un hombre nuevo.

 

Fue en las calles de Yungay, de la comuna La Granja, en el sur de Santiago, Chile, donde los estupefacientes, el alcohol y la delincuencia mostraron su rostro más fiero a Cristian Gonzales, un jovenzuelo de cabellera negra y larga de 16 años. Fumó marihuana, junto a un grupo de amigos, mientras comía del pan de la miseria. Se dejó atrapar por el lado oscuro de la existencia y acabó consumiendo todo tipo de drogas por más de una década.
Treinta años después, en medio de un presente apacible como las aguas de un lago, Cristian sabe que lo que le sucedió en esa época fue lo peor que le pudo ocurrir. Desde el interior del templo del Movimiento Misionero Mundial de la población Yungay, muy cerca del Parque Brasil, revisa esa etapa de su vida: “en ese tiempo, justo en plena efervescencia del Mundial de España 82, caí en el mundo de la drogadicción por influencia de los amigos del barrio. La comuna La Granja es, y siempre ha sido, una zona de Santiago de Chile cubierta en gran parte por la criminalidad y el narcotráfico. Tarde o temprano, yo, que era de una familia muy, pero muy pobre y numerosa, estaba destinado a toparme con el vicio y las drogas”.
Lo que antecedió a ese instante esencial de la vida de Cristian, de forma equivalente, fue un vertiginoso andar por el corredor de la miseria. Una carrera galopante en la que fue dejando, una detrás de otra, situaciones cada cual más desgraciadas. Trances que, como los libros viejos guardados en un baúl, solo aparecen en el presente cuando son necesarios y se materializan a través de un recuerdo prolijo: “nací el 5 de enero de 1966. Fui el sexto de los diez hijos que tuvieron Luis Gonzales y María Figueroa. Mi infancia fue durísima. Muchas veces tuve que pedir limosna para poder comer algo. Y era tanta mi pobreza que incluso entre uno de mis hermanos y yo tuvimos que compartir los zapatos para ir a estudiar uno durante la mañana y el otro por la tarde”.
EL MUNDO DEL ALCOHOL
Como un acróbata, que salta sobre una cuerda floja, Cristian había logrado avanzar hasta los dieciséis años: primero dejó la escuela, luego trabajó y después sobrevivió como pudo. Fue allí que llegó la caída, su caída, y nunca más nada fue lo mismo para él. Hoy recuerda: “me inicié con la marihuana. En seguida probé pasta y cocaína. También me enganché con las pastillas alucinógenas y el alcohol. Sin embargo, nadie de mi familia me reclamó nada porque trabajaba y aportaba para la casa. Encima qué podían decirme todos ellos si mi padre y cuatro de mis hermanos estaban metidos, como yo, en la drogadicción y andaban por el mal camino, lejos de Dios”.
Y el desplome de la existencia de Cristian fue todavía más. La delincuencia fue el siguiente nivel en su descenso vertiginoso. Insensato, como un peatón que intenta cruzar una calle cuando el semáforo está en rojo, se internó en la geografía de los atracos y la ratería. Entonces, a punta de desvergüenza, se graduó de ladrón y sacó credenciales de náufrago libre y bandido. Sin embargo, en el clímax de sus fechorías, su historia recibiría un mensaje luminoso desde “arriba”, desde el “cielo”, enviado por el Creador: “en ese etapa me crucé con la Palabras de Dios una y otra vez. Miré a muchísimos cristianos difundiendo el mensaje del Señor. Claro que yo, atrapado por las drogas, no le daba importancia a las cosas del Todopoderoso y me burlaba de los que difundían los Evangelios y de Dios”.
Unos años más tarde, en 1991, cuando aún Gonzales continuaba extraviado en medio de un bravo mar de maldad llegaría a su presente Magaly Sepúlveda, una mujer tan golpeada por la existencia como él, y junto a ella arribarían los eventos más decisivos de su destino. Para ese entonces, Cristian ya sufría las consecuencias físicas del abuso de sustancias prohibidas, que se manifestaban con una ráfaga de desmayos, ataques epilépticos y lagunas mentales permanentes. No obstante, al cabo de cinco años y tras una relación tumultuosa, el 15 de mayo de 1996 se unieron en matrimonio y sellaron una unión en la cual las peleas, las discusiones, las agresiones y los intentos de suicidio fueron parte primaria y básica de la estructura de su agitada y violenta vida en común.
ENCUENTRO CON DIOS
En octubre de 1999, cuando todo hacía suponer que el enlace Gonzales-Sepúlveda se desintegraría, César volvió a escuchar la Palabra de Dios y recibió una invitación para acudir al templo del Movimiento Misionero Mundial establecido en Yungay. Los años habían pasado, las circunstancias habían cambiado, su corazón también; lo único que no había sufrido variación alguna era que Jesucristo se guía allí “arriba”, en el “cielo”, mandándole señales para que se entregara al cristianismo y modificara su equivocada conducta. Fue en ese momento, en la antesala del fin del siglo veinte, que Cristian acudió al encuentro con Dios y según revela entró a la iglesia: “con los bolsillos de su pantalón llenos de pastillas y de marihuana, pero con alma vacía de fe”.
Aunque su conversión sufrió duros golpes, como un saco de boxear, y pese a que alguna vez se drogó con descaro justo en medio de un culto de la Obra de Dios, Cristian con el tiempo se entregó de forma definitiva a la causa evangélica y desterró para siempre de su vida a las drogas, las pastillas, el alcohol y la mala vida.
Con precisión matemática, y una gran dosis de convicción, Gonzales cuenta que su sometimiento absoluto al Altísimo llegó “después de una crisis emocional en la que el Diablo me indujo a matarme. En ese instante fue que recordé que Cristo era el único que me podía salvar y empecé a orarle y clamarle para que me resguardara de Satanás. Entonces me quedé dormido y cuando me desperté ya era una criatura nueva que había sido tocado por el Poder restaurador de Jesús”.
Reivindicador indesmayable de las mejoras sociales de su comuna, divulgador fructífero de la sana doctrina, fiel escudero del pastor Gerardo Martínez Garavito, Supervisor Nacional del MMM en Chile, y tenaz siervo del Todopoderoso, Cristian Gonzales en este momento atestigua una y otra vez respecto a lo que, en su opinión, es el único camino disponible para los hombres de malvivir: la fe cristiana. Desde Yungay, en el núcleo de La Granja, sentencia que al Creador “no hay que tenerle miedo. Su amor es infinito y maravilloso. Yo cambié gracias a Él y salí del mundo de las drogas y el alcohol. Cualquiera que quiera conocer el perdón eterno y transformarse en una persona de bien tiene que buscar al Señor. En cualquier parte del mundo se pueden evangelizar gracias a la Obra de Dios”.
FUENTE: IMPACTO EVANGELÍSTICO